22 de noviembre de 2008

"Mi corazón sólo se gozará en Dios"

LA ESCLAVA DEL SEÑOR (Lc 1, 26-38)
El primer Pentecostés, la primera misión propuesta por el Espíritu y aceptada totalmente para que el Verbo pudiese hacerse carne, para que la encarnación se realizase, para que Dios pudiese ser "puesto en el mundo" fue la Anunciación.

María se entregó completamente, se dio enteramente en cuerpo y alma a esta invasión del Espíritu. Y el Verbo se hizo carne. Y así, pudo comenzar a morar entre nosotros.

María creyó en su vocación: Aquí está la esclava del Señor y correspondió a ella inmediatamente con todo su ser: Hágase en mi según tu palabra. No se preguntó si la pequeñez de su existencia era compatible o no con el anuncio que se le hacía. Sin ningún examen de conciencia dijo sí, llena de confianza.

María se estremeció de gozo en Dios su salvador, le reconoció, creyó que era Él, creyó que tenía necesidad de ella, creyó que tenía necesidad de una madre...

Lo que hay de extraordinario, ante todo, es su fe.
Ha vivido una vida de fe. Ha vivido exactamente nuestra vida, pero una vida de gracia. No os imaginéis a María como una reina inaccesible a la que se debe admirar de lejos, sino al contrario, como un ejemplo cotidiano que se nos propone para que le sigamos. El gran peligro de considerar a María como un ser extraordinariamente excepcional es que nos consideremos dispensados de imitarla.
Lo más extraordinario en la vida de María es su fe. Una muchacha de 16 años, prometida a un artesano, se le aparece un ángel y le dice una serie de cosas completamente inverosímiles: que será madre, que permanecerá virgen, que tendrá un hijo, un salvador, un ser extraordinario que reinará para siempre.
La reacción de María a este discurso demuestra una humildad mucho mayor de lo que pudiéramos imaginar. La Virgen conocía muy bien al Señor. Por esto, precisamente, no protestó. Nosotros hubiéramos dicho: Esto no es posible, no me siento con fuerzas; todavía no, tengo que hacer ejercicios... hay que esperar a que este maduro... María no dijo ésto, María dijo con la mayor sencillez: Dios es tan grande, tan bueno, tan generoso, tan poderoso, tan Dios... que puede hacer todas estas cosas en la pobreza de su sierva. No me extraña nada en Él. Al punto dio su conformidad para siempre: Hágase en mi... Es la misma palabra que se nos pide a todos.
María dejó obrar a Dios en su vida, entonces, como siempre, Dios comenzó su obra enseguida. Nunca se pide ni se acepta algo sin que enseguida comience Dios.

¿Sabéis en que reconoció María a Dios? En lo mismo que le reconocemos nosotros: en sus exigencias. Él le pedía todo, le exigía aquel niño. Y Dios le llevó a sacrificarlo todo y de tal manera, que reconoció que solo Dios podía pedir una cosa semejante. Esta actitud que María mantenía en el fondo de su corazón para con Dios encontró su destino en su Hijo. Precisamente porque Él le pedía todo esto conoció María claramente que era Dios. Y entonces dijo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.
María dejó a Dios hacer.

“Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.

3 comentarios:

Nataly dijo...

Hola Agos!!!!
Maria si que era una mujer admirable llena de fe, tan pura, es increible su historia, gracias por compartirla y hermoso post...besos.

ALMA dijo...

Este post es conmovedor!!!! eso de "Hagase en mi según tu palabra" me conmueve y mueve en mí la fibra mas intima.

Gracias por compartir este texto.

Beso

Silvia dijo...

HOLA!MARIA MUJER ESPECIAL...FUE SI DESDE EL COMIENZO Y SIN PREGUNTAR NI CUESTIONAR...SABIENDO LO QUE PASARIA..SU SI FUE HASTA EL FINAL..
CARIÑOS.
SILVIA CLOUD